Recuerdo 89: Una casa tras el Bosque Rojo

La herida era grave, pero con la medicina adecuada todo podía curarse. Unas cuantas hierbas del Bosque Rojo89.1 y unas palabras mágicas eran todo lo que Edelweiss necesitaba para sanar al más desdichado, siempre que el mago lo quisiese, claro.

Su casa estaba al lado de un gran lago, cuyas orillas de blanca arena se perdían en el horizonte, mientras que en sus aguas se reflejaban las robustas montañas. Los lugareños lo llamaban lago Molokai89.2.

El hogar de Edelweiss era de madera, con troncos de distintos árboles y tonos de marrón. De planta circular, en lo alto había una especie de abertura por la cual entraba mucha luz, como si se tratase de una vidriera pero sin cristal alguno. Un hechizo impedía que el agua o la nieve penetrasen cuando hacía mal tiempo.

La casa constaba de dos niveles. En la planta de abajo había un gran salón con grandes ventanales, entre los cuales había innumerables repisas, llenas de libros, pócimas e ingredientes inextricables.

Había otras tres habitaciones: una cocina, un baño y una habitación para invitados, que solía convertirse en un cuarto de reposo para los amigos o desconocidos bien hallados que necesitaban los cuidados del mago.

La segunda planta era mucho más pequeña, se trataba de la alcoba de Edelweiss, tenía planta de media luna. Se accedía a ella por una escalera de caracol, y estaba abierta al primer nivel, teniendo una baranda por el borde que asomaba al salón. No mucha gente tenía el privilegio de poder subir allí. Las librerías que la circundaban, intercaladas también entre las ventanas, guardaban los volúmenes más arcanos89.3.

Aunque el bazo no es un órgano imprescindible, Sigfrido había perdido mucha sangre y el mago tuvo que consultar complejos escritos para evitar lo peor.

Pero la pócima dio resultado y al día siguiente estaba listo para partir. Mientras tanto, durante la cena, compartió las malas nuevas y trazaron un plan.

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