Recuerdo 27: Una profunda lealtad

La gran sala esperaba a Sigfrido. En el trono central estaba el rey Menard, a su derecha la reina Mirana27.1 y en el lado opuesto la princesa Krimilda, junto al príncipe Hagen27.2 del reino perdido de Akbar27.3, su prometido y aspirante a la corona. Formando un pasillo se encontraban los servidores de la corte, entre los que se hallaba la doncella Verona.

Sigfrido subió las escaleras dejando a Gottlieb en el patio y entró en la vasta estancia, comenzando la ceremonia: gratitud del rey por los méritos que hacían nombrarlo caballero, pantomima de la espada, juramento de lealtad al trono, ovaciones y aplausos.

En el comedor degustaron infinidad de manjares. Las miradas se cruzaban, la banalidad reinaba. Sigfrido, no obstante, sentía que todo aquello tenía sentido. Su existencia tenía ahora propósito. Los adornos que contrariamente afeaban la situación no ocultaban una realidad superflua. Tras las distintas máscaras sociales se encontraba un fundamento válido que le impulsaba a seguir el juego, aunque muchos otros simplemente se viesen arrastrados por la maquinaria de la superficialidad. Quizá esto lo diferenciaba por dentro, pero a ojos de los demás simplemente era uno más dentro del engranaje.

Con su nombramiento eran ya diez caballeros. El tetraktys27.4 cerraba el número de los leales. La ocasión para demostrar tal lealtad no tardaría en llegar, pues un mensajero irrumpió en mitad del interminable ágape: había problemas en la ciudad de Briareo. El Caballero del Nordeste necesitaba ayuda. Sigfrido partió sin dilación.

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