Recuerdo 1: El reino de Luria

En el reino de Luria1.1 no se conocían las penas. El señor Lev1.2 gobernaba con sabiduría. No tenían vecinos con quien disputarse los recursos1.3, de sobra para todos en el Bosque de Orsha1.4, situado al oeste y que nadie había conseguido cruzar, pues se hacía progresivamente más denso. Al norte se encontraba la gran Estepa de los Lobos y al oeste la Ciénaga Desolada. Nadie viajaba a estos lugares, sólo al bosque y de vez en cuando al sur, hacia el mar del Ámbar1.5, donde había buena pesca.

Wilhelm1.6 tenía cultivos y animales, era muy apreciado por su arte en la doma de caballos, que enseñaba poco a poco a sus cuatro vástagos varones. El menor se llamaba Sigfrido.

En su duodécimo cumpleaños, la luna llena alumbró una equina cría, y en esta coincidencia astral, Wilhelm decidió regalarle a su hijo más pequeño el potro recién nacido, que se llamaría Gottlieb.

El caballo se crió en la libertad de la dehesa, mostrándose siempre rebelde y reacio al contacto con los humanos y con los propios de su especie. Le achacaron este comportamiento a su juventud, aunque otros potros de su edad no se comportaran así. Conforme fue mudando los dientes1.7 su comportamiento no mejoró y los comentarios de que la causa era maligna empezaron a proliferar.

Sigfrido también creció, e intentó montarlo muchas veces, pero sólo recibía golpes por caídas o coces. Aprendió a montar con otros caballos pero con el suyo propio resultaba imposible. Parecía perdido en sí mismo, como si no estuviese en el sitio donde tenía que estar y como si fuese perfectamente consciente de ello pero le resultase imposible comunicarlo.

Poco a poco la familia de Wilhelm fue dándole la espalda. Sólo Sigfrido tenía en él esperanzas, aunque fuese por la razón única de que era suyo. Esta razón, que puede parecer superflua, sin embargo definía su identidad. Aquello que poseía, o que lo poseía, era lo que le hacía ser él mismo.

Cuando la luna llena brilló de nuevo un quinto año tras su nacimiento y su padre quiso aplicar una solución definitiva, su corazón no dudó en ningún momento lo que tenía que hacer.

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