Recuerdo 91: El señor de los efrit 91.1

La hierba olía a mojado tras la lluvia en las Colinas de los Olmos. Algunos pájaros trinaban en el silencio de la mañana, interrumpido por unos gritos y cristales rotos en la casa del tocón.

Cinco goblins91.2 de voces y orejas agudas y puntiagudas trasteaban en una pequeña vivienda construida en los restos de un gran árbol derribado por un rayo en la inolvidable tormenta del Maëlstrom91.3, un gran monstruo gaseoso que en su locura desbocada arrasó todo aquello que encontró a su paso.

Pero muchos años habían ya pasado desde aquello y un alquimista había erigido en aquel gran tocón su residencia que ahora los goblins desordenaban en busca de pócimas psicoactivas que, o bien consumían, o intercambiaban por otros objetos con otros seres de su especie o de igual índole maligna.

Pero un ser tan diminuto como ellos, de unos cincuenta centímetros, les pidió que parasen. Su advertencia no les afectó mucho, el tamaño y la voz pequeños no les inspiraban demasiada autoridad. A pesar de la igualdad en estos aspectos, el corazón de este homúnculo91.4, sin embargo, no era similar al de los goblins, sino mucho mayor y lleno de nobleza, pues noble era el hombre del cual este ser artificial se había replicado.

El hombrecito cogió un puñal y volvió a amenazar a los goblins. La mirada de desprecio resultó mayor esta vez y más difícil fue ocultar la indiferencia, pero no hubo respuesta hablada y pronto prosiguieron con su expolio.

El puñal se clavó en el pie de uno de los despreciables seres y algunos matraces se estrellaron contra el suelo. Los demás goblins atacaron al homúnculo.

Sigfrido, a cuarenta leguas de allí, sintió como se le encogía el corazón.

Tres días después llegaría al tocón, encontrando cinco goblins muertos y la figura de un ser exactamente igual a él pero de unos cincuenta centímetros con los ojos cerrados para siempre y con una nota en su mano:

—Busca a Suleymán91.5. Sigue vivo.

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