Recuerdo 86: El secuestro

El malvado Shaitán86.1 había secuestrado a la princesa Krimilda86.2. Nadie sabía cómo había ocurrido. En la noche anterior estuvo presente en la fiesta de palacio, pero por la mañana tanto ella como su doncella habían desaparecido misteriosamente.

Tras unas horas de desesperada búsqueda, un cuervo blanco86.3 se posó en la ventana de la alcoba del monarca, exigiéndole la entrega de su reino a cambio de la vida de su hija.

La misión de Sigfrido estaba clara: debía volver a las montañas del Beralku.

Montó en Gottlieb y se encaminó presto hacia ellas. Pasando por una laguna en los límites del Bosque Rojo, vio un destello brillar entre los árboles. Cuando se aproximó para ver qué era, comprobó que el reflejo provenía de la diadema de Verona86.4, la doncella de la princesa, que apareció con la mirada perdida y el pelo desaliñado.

Sigfrido acudió raudo en su ayuda. En la vorágine de su palpitar, se sentía asustado y aliviado. Desde la primera vez que vio a Verona su corazón cayó a sus pies. Fue en busca de la princesa por su compromiso con el deber de caballero, pero su preocupación no se centraba ella, sino en aquella sobre la cual sus dedos temblorosos ahora acercaba para comprobar su estado y saber que había sucedido.

Le agarró el brazo y la notó fría. La zarandeó un poco mientras gritaba su nombre. Parecía no reaccionar, permanecía con los ojos mirando el infinito. De repente, Verona se detuvo firme y giró el cuello mecánicamente mientras en su cara se dibujaba una horrible sonrisa y sus pupilas se dilataban superando el iris y oscureciendo la totalidad de los ojos.

Paralizado por un momento, Sigfrido no se dio cuenta de que no tenía ya su espada en las manos, y en ese pequeño lapso su amada la clavó en su costado.

Desde el suelo oyó la risa de Shaitán, que apareció a través de una oscura nube de fuego. Verona, con una mueca inextricable y una mirada de dolor e impotencia, se perdió en la oscuridad junto al genio maligno.

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