Recuerdo 28: La barca de los muertos

En la ciudad de Briareo28.1 los habitantes loaban a su señor. Construyó el feudo con amor y siempre los protegió de sus enemigos. Pero sus días se estaban acabando. El gigante de cincuenta cabezas y cien brazos se encontraba enfermo. Cada una de sus cabezas discurría libremente, así que el pensamiento que se encontraba tras cada acción requería de un largo madurar. Su gobierno oligárquico fue largo, casi un siglo de despotismo ilustrado28.2 llegaba a su fin. Un tumor cerebral se había extendido por algunas de las testas y la descoordinación era evidente. En aquellos momentos, las anteriores acciones que habían sido defendidas sobre todo por las partes enfermas, eran ahora detestadas. La curvatura del puente del río Spiegel28.3 no era entonces la adecuada, el color de las vidrieras del templo ya no honraba correctamente a Váruna28.4, las ventanas de las casas debían ser triangulares y no en forma de círculo. Todo era demasiado complejo como para ser remodelado y debía ser destruido. Los grandes pies demolían las construcciones y los ciudadanos pasaron del amor al odio, deseando que fuera el mismo gigante lo destruido.

Edelweiss se dirigía río abajo hacia su casa desde las montañas del Beralku28.5 y al pasar por el puente derruido supo que algo siniestro sucedía.

Moviendo sus cien brazos el gigante empequeñeció ante el hechizo del mago, tornándose su carne ladrillo y sus manos aspas. Volviéndose una indefensa fábrica de pan ante los asombrados ojos de sus súbditos; sólo los de un verdadero caballero podrían reconocer la auténtica naturaleza que el hechizo había ocultado.

Cuando unos días después Sigfrido acudió en respuesta de un auxilio ya no necesario, supo que su nuevo amigo también había estado allí.

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