Recuerdo 19: Cosmogonía y fuego

A través del río Spiegel los espíritus ascienden a la tierra de los muertos: las montañas del Beralku, las cuales flotan entre brumas en el límite noroeste del Reino de Menard.

Una gran catarata cae del cielo desde el Beralku, serpenteando por las montañas para desembocar en el lago Molokai.

Gracias a que el agua se desplaza hacia abajo pueden las almas ascender en la balsa de los muertos, guiada por Caronte.

Si por alguna razón este flujo se detuviese, los espíritus vagarían sin reposo por el mundo.

Cuando el mundo no existía, la nada implicó necesariamente la existencia y el vacío se dividió en cuatro. Cada elemento buscó su posición correcta en una permutación infinita conformando los distintos seres. Del aire se crearon los dioses, que dispusieron de los demás materiales, creando del fuego a los efrit, de la tierra a los humanos y del agua a los animales. Distintos seres fueron después hibridándose. Los efrit eran poderosos, pero ansiaban más poder. Eran menos en número que los humanos, que tenían los favores de los dioses y el control de facto del mundo.

Váruna, el más poderoso de los dioses, absorbió a los demás, quedándose con todas las ofrendas humanas. Los efrit, observando esta maniobra, entraron en disputa entre ellos, fagocitándose unos a otros. Finalmente, también sólo quedó uno: Shaitán.

Aún siendo tan poderoso, sabía que no podía ganar por la fuerza a los humanos, así que ideó un plan para vencerlos: cambiar el ritmo natural de la existencia, congelando la larga catarata del río Spiegel que procedía de las montañas del Beralku, para condenar a los muertos y aterrorizar a los vivos para debilitarlos y dominarlos.

Con su frío aliento cumplió su sueño y de pie con sus brazos cruzados, reía desde lo alto del Beralku sobre el hielo.

Sigfrido ansiaba ser caballero y ésta era una oportunidad única para lograrlo. Edelweiss y él subieron a enfrentarse con Shaitán. No sería la última vez.

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